En las tardes soleadas del invierno, el grupo se acercaba siempre al río. Allí, entre las aguas limpias, un tronco se había inclinado ofreciéndose como puente, invitándoles a ser testigos de lo que sucedía más allá.

Todos cruzaban menos Hertin, ella no tenía miedo, pero pensaba que si subía en ese tronco y miraba hacia el río, sus pies cederían y tendría que soportar las burlas de los demás ante sus ropas mojadas . Se reían también por su poco atrevimiento, pero lo prefería así.
Una tarde se acercó sóla y sin pensarlo dos veces probó a pasar por el viejo tronco. Sintió algo de frescor en las piernas cuando casi sin darse cuenta estaba al otro lado. Mientras tanto se adentró algo en el mundo de la otra orilla, se entretuvo mirando el horizonte desde allí, las ramas de los árboles eran más finas y la arena tenía otro color, subiendo una pequeña ladera se divisaban cumbres blancas a lo lejos y hacia abajo el río adquiría infimas dimensiones.
Al empezar a oscurecer, bajó otra vez hasta la orilla para volver a cruzar, pronto entre el ruido de las aguas, apreció su nombre desde muchas voces diferentes. Hertiiiin, Hertiiiiin...

Fue cuando se le ocurrió la idea. Echó a correr en dirección contraria. Su nombre y el sonido del río cada vez se oían mas lejanos.
cuanto te da de sí el río, te vale para todo. Ves como ha vuelto la ilusión de escribir. Sigue haciéndolo, no se puede ir todo el mundo a dormir.
Besos