En las tardes soleadas del invierno, el grupo se acercaba siempre al rÃo. AllÃ, entre las aguas limpias, un tronco se habÃa inclinado ofreciéndose como puente, invitándoles a ser testigos de lo que sucedÃa más allá.

Todos cruzaban menos Hertin, ella no tenÃa miedo, pero pensaba que si subÃa en ese tronco y miraba hacia el rÃo, sus pies cederÃan y tendrÃa que soportar las burlas de los demás ante sus ropas mojadas . Se reÃan también por su poco atrevimiento, pero lo preferÃa asÃ.
Una tarde se acercó sóla y sin pensarlo dos veces probó a pasar por el viejo tronco. Sintió algo de frescor en las piernas cuando casi sin darse cuenta estaba al otro lado. Mientras tanto se adentró algo en el mundo de la otra orilla, se entretuvo mirando el horizonte desde allÃ, las ramas de los árboles eran más finas y la arena tenÃa otro color, subiendo una pequeña ladera se divisaban cumbres blancas a lo lejos y hacia abajo el rÃo adquirÃa infimas dimensiones.
Al empezar a oscurecer, bajó otra vez hasta la orilla para volver a cruzar, pronto entre el ruido de las aguas, apreció su nombre desde muchas voces diferentes. Hertiiiin, Hertiiiiin...

Fue cuando se le ocurrió la idea. Echó a correr en dirección contraria. Su nombre y el sonido del rÃo cada vez se oÃan mas lejanos.













15.03.06 @ 18:39